El Oeste de Tanzania: un infierno de barro

El Oeste de Tanzania: un infierno de barro

El Oeste de Tanzania: un infierno de barro 4576 3056 David Casalprim

En 2014, Gerard Castellà, uno de los cicloviajeros que frecuenta Espaibici desde años y fustigador incesantede bicicletas de acero, se embarcó en un viaje porÁfrica con una Fetamà, desde Egipto hasta Suráfrica. Ahora que llegó la primavera pero no así la lluvia, nos manda un capítulo de su periplo africano sobre su paso por el oeste de Tanzania para hacer un llamamiento a los dioses del agua.

El oeste de Tanzania es una región salvaje y remota, aislada, donde las distancias entre pueblos son eternas y el asfalto brilla por su ausencia.

Pistas de tierra rojiza en deplorable estado convierten el escenario en una bucólica postal africana, siempre y cuando no sea la estación de lluvias. Entonces, el paraíso se convierte en un infierno, un infierno de barro.

“El tramo que va de Uvinza a Mpanda puedes encontrar leones”, me avisa el tendedero una vez me he aprovisionado de agua y arroz para los próximos dos cientos kilómetros. “Y la pista… bueno, es bastante mala”. Con estas noticias me pongo en marcha con un nudo en la garganta. Una señal marca el inicio de la región de Katavi y unos babuinos me reciben con un desfile popular con los culos al aire.

En la lejanía diviso pequeños antílopes que se escabullen antes de poderlos identificar aunque, por ahora, nada de leones. Mi cerebro me engaña y proyecta imágenes y sonidos provenientes de tupidos arbustos; así es complicado gozar del entorno, y es que las distancias y la hostilidad de esta región puede ser bastante intimidadoras.

Cinco horas pedaleando y no encuentro nada más que una pista irregular de barro duro. Un silbido del interior de una pequeña tienda de acampada hecha de harapos llama mi atención. Son un grupo de trabajadores que están arreglando la carretera, si así se la pueda denominar, y antes que les pregunte sobre la fauna local me invitan a comer con ellos.

Adoro el hábito africano de comer juntos, en forma de aro, y coger los alimentos de la cazuela; siempre hay espacio para un recién llegado. Ellos viven seis días de la semana aquí, en esta tierra olvidada, y les pregunto acerca de los felinos. “No te preocupes, aquí no hay leones. Tan solo vas a encontrarlos en el Parque Nacional de Katavi”. Con el estómago lleno, prosigo la marcha hasta que empieza el infierno.

El sendero, relativamente seco hasta entonces, se convierte en una piscina rojiza de lodo y charcos, donde avanzar, incluso empujando la bicicleta, se convierte en una utopía. Me habían avisado de lo que iba a encontrarme y, por culpa de mi tozudez, estoy atrapado en un océano de barro.

El agua que cae sin piedad me da una bofetada de realismo. Me descalzo, cargo una alforja a la espalda y empujo la bici con todas mis fuerzas entre las zonas menos profundas del lodo. Al cabo de unas horas una señal indica el pueblo de Mishamo, a dieciocho kilómetros del camino principal.

Miro a mi alrededor y, tras un gran generador, vislumbro una humilde edificación de barro y paja. De ella sale un hombre forzudo que, al ver mi aspecto de croqueta humana, no puede ocultar su estupefacción. “Sí, Mishamo está a dieciocho kilómetros, arriba en la montaña”. Le comento que no me puedo permitir el lujo de hacer treintaiséis kilómetros fuera de la pista principal, por lo que sigo por este barrizal. “¡No, no!”, sentencia con rotundidad. “

La pista empeora aún más en los próximos kilómetros y en breve oscurecerá. No es seguro que duermas en el bosque. No hay leones, pero hay hipopótamos y cocodrilos en el río. Duerme al lado de nuestra casa”. La pausa de la conversación disminuye la adrenalina que corre por mis venas, así que está hecho, pasaré la noche aquí.

Monto la tienda en una pequeña porción del cemento frente al generador. De la casa de barro y paja salen dos pequeñajos, la mujer del hombre forzudo y un anciano. Me indican el camino para ir al río, asearme y llenar de agua mis botellas.

Cuando retorno al campamento, ya de negra noche, me esperan con la cena lista: ugali (un puré de patata hecho de harina de maíz), maharage (alubias) y una panocha tostada. Esta familia, como tantas otras en el planeta, vive sin electricidad ni agua potable. Tampoco tienen reloj, y es el sol quien marca sus horarios.

Tras la cena es hora de la tertulia, el momento de sentarnos alrededor de una hoguera, y es el anciano el que coge el mando ahora. Palabras en swahili van y vienen, como las sonrisas. Admiro la sencillez y la genuinidad de esta gente.

La vida africana puede ser, y es, dura; pero si algo nunca les falta es la sonrisa. “¿Cómo se lo hacen para mantener este espíritu en estas condiciones?”, pienso mientras abro el saco de dormir. Apago la luz del frontal, aunque la habitación queda iluminada por un cielo cegador. Noches africanas, magia pura.

A las seis de la mañana recojo mis juguetes y cocino arroz para desayunar, que hoy será un día largo. Las gotas que caen no son un buen augurio. La pista está aún peor que ayer debido a la lluvia nocturna: el barro me llega ahora a las rodillas, o sea, casi tapa el punto más alto de las ruedas. Aplico el sistema de cargar una alforja a la espalda y continuar empujando. Med

io kilómetro más adelante veo un atasco de cuatro camiones y un autobús, con una multitud de personas que empujan los vehículos sin éxito. Ayer por la tarda se debieron quedar atrapados y pasaron la noche aquí. La sorpresa al verme es notoria. “¿Qué haces aquí en bicicleta? ¿Estás loco?, me dice el conductor del autobús. Otro añade: “No puedes continuar así. Espera a que salga el sol, la pista se seque y entonces continua, como nosotros”.

Con el índice señalo el cielo gris a medida que la lluvia incesante descarga con fuerza. Le digo que, a pesar del estado irrisorio de la pista, puedo avanzar a paso de caracol, y no esperaré a que oscurezca para pasar otra noche más aquí.

Tengo que cruzar ahora un río desbocado que une dos balsas gigantes. Hago tres viajes a pie: dos con las alforjas en la cabeza, al estilo africano, y otro con la bicicleta a la espalda. En la otra banda del río la pista mejora ostentosamente; ahora el río sólo me cubre los tobillos. En sentido contrario, otro taponamiento. Tres camiones quedaron atrapados la noche anterior, y me preguntan sobre el estado del terreno.

“¿Cruzaste el río a pie? ¡Pero si está lleno de hipopótamos y cocodrilos!”, me grita el conductor de origen indio en tono maternal. Las malas noticias que les confiero se contraponen con las suyas: de aquí hasta Mpanda, a unos ciento diez kilómetros, la pista es ciclable, aunque el barro me hará compañía.

El optimismo me llena de coraje y emprendo la marcha con esa chispa de las situaciones tensas. La adrenalina me inunda el cuerpo de nuevo y me insensibiliza frente al frío y al calor, el hambre y la sed. La bicicleta está hecho un asco: los frenos fallan y el barro destroza la transmisión con unos chillidos tremendos.

Avanzo, avanzo y avanzo con tesón, y cruzo comunidades que viven aisladas con una economía de aquellas que no sale en ningún manual de Mankiw: una tiendecita con una pila de cacahuetes, tres baterías y un juego de zapatos desparejados, y otra con dos plátanos y una camiseta de Obama.

Pasan doce horas desde que comencé a pedalear y, ya de negra noche, llego a Mpanda. Un sabor de victoria me inunda de satisfacción.  Salgo victorioso de este infierno de barro, aunque voy a pasar tres días en la cama con fiebre y resaca. Una resaca por culpa del agua de color marrón.

Si deseas saber más sobre los viajes cicloturistas de Gerard Castellà, puedes consultar su blog www.acopdepedal.wordpress.com o también los canales de Instagram @gerard.castella y el hashtag #acopdepedal.