Bután es la joya de la cordillera del Himalaya. Un pequeño reino budista envuelto entre la magia y el misterio, ubicado entre el Tíbet y la India.
Gerard Castellà tuvo la suerte de cruzar en bicicleta el Reino del Dragón durante dos semanas recorriendo un total de 875 kilómetros.

Bután, arquitectura característica para un país peculiar rodeado de montañas.
La fortuna del destino
A veces, las estrellas no solamente se alinean en las bóvedas astrales, sino también en los pasaportes.
Tras un ardiente ménage à trois burocrático en los meses anteriores, a finales de noviembre de 2019 recibí un correo inesperado mientras pedaleaba por el Sikkim –norte de la India.
Me habían concedido un visado gratis de catorce días para Bután. Un regalo de los dioses del Himalaya que me llevaría a recorrer uno de los países más desconocidos y exclusivos de la faz de la Tierra.
Mi itinerario uniría Phuentsholing con Samdrup Jongkhar, del oeste más cultural al este más genuino.

Pedaleando por uno de los valles de Bután.
El oeste más cultural
Desde la distancia, el dzong de Paro asoma la cabeza con indiscutible autoridad de las faldas del río Pa Chhu.
Los dzongs de Bután posiblemente ejemplifican la arquitectura más distintiva de este reino budista, muy parecida a la tibetana.
Se trata de monasterios de diseño opulento, blancas ciudadelas construidas con enormes piedras y larguísimos troncos de madera.
Esta peculiar arquitectura sirve tanto como oficinas administrativas regionales como de fervorosos centros religiosos.
El dzong de Paro es bastante famoso, puesto que gravaron en él escenas de la película El pequeño Buda en los noventa.

Detalle de unos ventanales.
La reliquia de la corona
A pocos kilómetros de la antigua capital comercial del país se halla una de las reliquias de la corona, el Paro Taksang.
Para alcanzarlo uno tiene que darse una agradable caminata de hora y media. Es quizás el monasterio más emblemático de Bután, un prodigioso escalador de largos imposibles que lucha por no despeñarse desde los tres mil metros de altura.
Se conoce como el Nido del Tigre y es la fotografía por antonomasia de este país, la que inunda las revistas de viajes de todo el mundo.
La leyenda cuenta que Guru Padmasambhava voló del Tíbet hasta Bután a lomos de un tigre para introducir el budismo en la zona. Eso era hacia los años setecientos.

El Paro Taksang, el nido del Tigre
La arquitectura popular
Las casas tradicionales en Bután suelen tener dos pisos y un amplio ático abierto para el almacenaje de víveres.
El producto más notable son sobre todo chilis, las temidas guindillas rojas, que en este país no sólo se usan como condimento, sino también como plato principal.
Cada vivienda suele albergar un huertecito con verduras de temporada. También exhiben unos particulares dibujos en torno a la entrada principal: pinturas de falos gigantescos.
Imagino qué cara pondrían unos suegros que visitan por vez primera la casa de su futuro yerno con dicha obra de arte como carta de presentación.
“¿Me habré quedado anticuado con la clásica rosa de los vientos que tengo en mi apartamento?, murmuro para mis adentros.
Entre risas y cervezas Druk, más tarde me contarán que en Bután los penes son sinónimo de fertilidad y alejamiento de los malos espíritus.

A derecha e izquierda de la fachada principal los penes erectos pintados.
El este más genuino
La etapa reina del Tour del Dragón empezaba a las seis y media de la mañana, con toda la ropa invernal encima y la barriga llena de arroz.
El silencio sepulcral de un entorno enblanquecido se rompía solamente por el crujido de mi Surly Ogre al deslizarse por la pista de patinaje en que se había convertido el camino.
El crujir que producía deslizarme por la pista de patinaje en que se había convertido el camino.
El frío era tan punzante que los bidones de agua pasaban de granizo a hielo en cuestión de minutos.
Algo parecido me ocurrió durante el ascenso al Thorong La (5.416m), en el Circuito de los Annapurnas (Nepal).
No me quedaba otra que reír como un chiflado ante la afonía de un pequeño río: sus aguas estaban completamente heladas, inmóviles, como una estatua humana de las Ramblas de Barcelona.
A medida que ganaba altitud en los treinta kilómetros de subida, el coliseo se engrandecía.
Miles de rododendros gigantescos llenaban el paisaje hasta un horizonte infinito cubierto de generosos bosques de coníferas. En su interior una sinfónica de alegres pájaros interpretaban un vals perfecto.

Es la simplicidad de sus gentes lo que las convierte en los seres humanos más felices del planeta.
El techo de Bután
Y, por fin, conquistaba el Thrumsing La (3.800m), el techo ciclable de Bután, con centenares de coloridas banderas de plegarias moviéndose al son de una brisa helada.
Nuevamente, otro regalo para grabar en la retina: el Himalaya butanés, al noreste, de la mano de su hermano pequeño al este, el Himalaya indio de Arunachal Pradesh.
Imágenes que incitan a seguir viajando, a curiosear las líneas discontinuas de los mapas, a averiguar qué hay detrás de cada esquina.
Aunque el plato fuerte de la jornada aún estaba por llegar: una bajada descomunal de… ¡sesenta kilómetros y 3.200m de desnivel negativo!

Una cima más de buen pedaleo.
Si deseas saber más sobre los viajes cicloturistas de Gerard Castellà, puedes consultar su blog o también los canales de Instagram @gerard.castella y el hashtag #acopdepedal.