Uttarakhand: los desniveles sagrados

Uttarakhand: los desniveles sagrados

Uttarakhand: los desniveles sagrados 1026 770 David Casalprim

Saltamos al subcontinente indio para conocer sus aventuras y desventuras por la región Himalaya de Uttarakhand, en el Norte de Índia, donde los desniveles son sagrados. Con este relato abrimos el 2020 acompañando nuestro amigo y colaborador Gerard Castellà en su periplo asiático a lomos de su inseparable Surly Ogre.

Poco antes de descender al valle de Perula tengo la suerte de encontrar unas familias Gujjar, los semi-nómadas del Himalaya.

Originarios del Kashmir, al finalizar el verano se desplazan a cotas inferiores con su ganado en busca de mejores pastos, especialmente ubicados en los generosos bosques de Uttarakhand.

Esta étnia viven sin más electricidad de la que proporcionan lo paneles solares fotovoltaicos, y su alimentación es tan básica como su modus vivendi: viven en tiendas de acampada hechas de madera y toldos de plástico y pieles de animal.

Montan sus caballos con las pocas pertenencias que tienen y se desplazan haciendo la trashumancia. Se alimentan de forma frugal y ordeñan sus búfalos para nutrirse de su leche. Su economía es el intercambio de bienes básicos.

Cuando doy un par de paquetes de fideos instantáneos a unos niños raquíticos, su madre, una guapísima jovencita con ojos arios, de menos de veinte años, no sabe qué son.

Abre los paquetes y, sin hervirlos, se los da a sus hijos. Quien vive de la tierra y en la tierra, haga frío o calor, se merece todo el respeto del mundo.

Uno de los desniveles más imponentes del planeta

La espina dorsal de Guatemala, el valle del Rif en Etiopía o el oeste de Ruanda son los lugares que encabezan el ranking de los desniveles más imponentes que jamás encontré.

Uttarakhand es de estos lugares del planeta que entra por la puerta grande, por méritos propios. En esta ruta, diariamente y sin excepción tengo que engullir un desnivel positivo acumulado que gira en torno a los dos mil y los tres mil quinientos metros en recorridos de menos de setenta y cinco kilómetros.

Me paso tres cuartas partes del día escalando y, la que queda, rapeleando con el vértigo de una gota de agua. Salto de un valle al otro como el estudiante de primaria que dibuja una hilera de quince triángulos isósceles consecutivos.

Llevo semanas en las que no recorro ni un triste kilómetro en terreno llano y en las que sufro porque mis tendones de Aquiles no se declaren en huelga indefinida.

Entre nueve mil metros de desnivel positivo

A tocar de Nepal, a pocos kilómetros de Darchula, y aún en latitudes himalayas, pregunto a los militares de un control si la frontera está abierta a extranjeros.

Sé que los indios y los nepalís pueden entrar y salir a su aire, pero desconozco si yo también puedo hacerlo. Tras un par de llamadas a altos cargos, me contarán que si ya tengo el visado de Nepal estampado al pasaporte sí que puedo entrar.

En caso contrario, es decir, si tengo que obtener el visado en la misma frontera, no puedo acceder ya que no disponen de los servicios de Inmigración, en Darchula. ¡Qué mala suerte!

Me espera un regalo de dos cientos kilómetros y nueve mil metros de desnivel positivo hasta la frontera del sur para luego volver a escalar hasta las regiones de las Midhills nepalís.

A medida que la temperatura sube y la humedad me oprime el pecho, bajo de cota hasta llegar a Banbasa, la frontera más occidental para llegar a Nepal.

Por fin puedo librarme de este disfraz de cicloalpinista que he estado usando durante estas dos semanas en Uttarakhand, la tierra de los desniveles sagrados.

Frente al paisaje humanizado final, solo tengo una última duda: ¿deposito este vestido a la basura, o al montón de porquería al lado de la carretera?

Para saber más sobre los viajes cicloturistas de Gerard Castellà, consulta su blog o entra en los canales de Instagram @gerard.castella y el hashtag #acopdepedal.