Takiyistán, cicloturismo en el valle de Bartang

Takiyistán, cicloturismo en el valle de Bartang

900 601 David Casalprim

El Pamir es una cordillera de Tayikistán, un desconocido país del Asia Central, que yace como el bálsamo ideal para cualquier cicloturista amante de las emociones fuertes: un cóctel irresistible de piedras, arena y conos de seis mil metros.

Nuestro amigo y colaborador Gerard Castellà nos cuenta su recorrido de 2.250 km en bicicleta y un mes y medio de viaje por una de las regiones más espectaculares de Tayikistán: el remoto valle de Bartang.

La fiesta parece no haber terminado. Tras haber recorrido el valle de Wakhan, junto a la frontera de Afganistán, ahora izo la vela mayor al oeste en dirección a otro valle del Pamir: Bartang.

El valle de Bartang

El valle de Bartang es posiblemente la ruta más exigente y montañera de Tayikistán, una región de vida simple y humilde, donde no sobra nada. Es también una de las madrigueras más remotas e inaccesibles de los Pamires, por culpa de los pedregales y los ríos desbocados, que cortan las comunicaciones y aíslan las aldeas.

Un lugar donde el viajero se desplaza con la fragilidad de una burbuja de jabón. No obstante, es una de las regiones más espectaculares del país, tanto por sus paisajes oníricos como por la calidez y la hospitalidad persa de su gente.

 

Tras cruzar la yerma meseta de Murghab, floto por sendas areniscas con vistas a glaciares campanudos en un ecosistema lunar que parece sacado de una película de Kubrick.

Aunque tan solo sean las tres de la tarde, decido acampar cerca de Kokjar en un lugar de ensueño. Monto la tienda, me baño en el río, leo, cocino y me escondo en el saco de dormir antes del crepúsculo.

Esta es la simplicidad del cicloturismo de la cual me enamoré diez años atrás.

Y cuando a media noche salgo a responder la llamada de la selva, me encuentro una sorpresa que me eriza la piel: la Vía Láctea, celestialmente estilizada encima de mí.

Mi vivienda ambulante a lo mejor no dispone de un menú gastronómico, pero estas vistas son las de un hotel de mil estrellas.

Un descenso sinuoso y polvoriento me hace rodar como una peonza hasta el río Bartang, como si cayera al fondo de un pozo negro.

Es el inicio del valle homónimo y el primero de muchos tramos en los que me tocará desmontar las alforjas. Así que debo cargar la bici en los hombros y cruzar ríos idos de madre.

Bienvenido al parque acuático de Bartang, Gerard. ¡Suerte que llevo manguitos y burbujita!. La pista empeora ostentosamente, con voluminosas piedras en medio. Me encuentro con derrumbes y secciones donde el ancho de la trocha es de menos de un metro.

Gudara

Cuando por fin llego a Gudara, el primer asentamiento después de tres días, entiendo por qué me decían que éste era un lugar remoto. Se trata de un valle de carácter intemporal que resiste a merced de la naturaleza. Luego pregunto por la tienda del pueblo y me acompañan hasta el interior de una vieja casa pamiri.

Del fondo de una habitación oscura sale una mujer de entrada edad. Me enseña sus productos: cinturones, zapatos y, de comida, huevos provenientes de la China y chocolatinas rusas caducadas de hace año y medio.

Otra vez, economías de subsistencia, ésas que no aparecen en los manuales de Mankiw.

En la pintoresca aldea de Savnob, converso desde la comodidad de un tapchan con Qulud, el dueño del homestay donde me hospedo. El aire del oeste refresca el ambiente nocturno. Él habla poco inglés, pero su hija de 21 años, estudiante de Medicina en Khorog, hace de traductora.

– “Con 28 años de independencia de Tayikistán, ¿se vive mejor ahora o antes, en la URSS?”, pregunto a Qulud mientras se añade demasiado azúcar en su taza de chai.

Qulud dibuja una ligera sonrisa en su rostro. Permanece en silencio, girando con parsimonia la cuchara en su taza. Se le ve pensativo, como si calibrara las palabras. Al cabo de un minuto, cuando parece resurgir de una pausa letárgica, tan solo dice:

– “Ahora podemos comer este pan −y señala un pan tostado, caliente, recién salido del horno de arcilla, que comimos para cenar−. Antes, sencillamente no podíamos”. Y enciende de nuevo sus brillantes ojos azules.

En Khorog, otra vez. Un par de días para descansar y realizar una puesta a punto a mi mermado caballo de hierro (una Surly Ogre engendrada en Espaibici), y a por el último escollo de los Pamires: la M41, la famosa Pamir Highway.

Si deseas saber más sobre los viajes cicloturistas de Gerard Castellà, puedes consultar su blog o también los canales de Instagram @gerard.castella y el hashtag #acopdepedal.