Myanmar: sonrisas de oro

Myanmar: sonrisas de oro

Myanmar: sonrisas de oro 1200 677 David Casalprim

Lejos de las montañas del Himalaya, India es mucho más que una amalgama de experiencias inconexas; se trata de un cóctel sensorial de altísima gradación que deja un poso difícil de asimilar. Y yo, abrumado, tan solo quiero irme de aquí lo antes posible”.

Nos colamos en las alforjas de Gerard Castellà para recorrer el país de las sonrisas de oro: Myanmar.

Entrar a Myanmar fue un alivio solamente comparable al de quitarse de los zapatos esa piedra tan molesta.

Del caos y la contradicción perpetua de India, a los afables saludos de “Mingalaba!”; de la intrusión constante al tan preciado anonimato. Ambos, aspectos que había olvidado durante mucho tiempo.

Y es que Myanmar supondría la transición entre la parte más intensa del viaje –el Himalaya– y la que sería más fácil –el sureste asiático–. Una tarea tan ingrata como ser el segundo plato de alguien, por dulce que éste sea.

Loco por la mohinga

Los birmanos son tipos alegres y de carcajada dócil. Lucen con orgullo identitario la thanaka, una pasta hecha de polvo de madera troceada y mezclada con aceite que utilizan como embellecedor facial.

Los hombres y las mujeres visten el longyi, el sarong típico del país, un tipo de faldas cilíndricas de algodón y seda atadas en la cintura, mientras vacían tazas de té rojo en las terrazas de las tea houses.

Aunque lo que de verdad me volvía loco era la mohinga, fideos de arroz en un caldo de pescado.

Alrededor del lago Inle

Tras una primera semana de pistas arenosas y desniveles inesperados entre comunidades rurales, en Mandalay aparqué mi Surly durante unos días y tomé un autobús hacia el lago Inle.

Ubicado en el estado de Shan, la vida en el lago Inle gira alrededor del agua: las casas, los mercados, los huertos flotantes y la pesca.

Como los pescadores de una sola pierna, que en los últimos años han perfeccionado su técnica tradicional para pasar el sombrero por las piraguas de turistas.

Más monjes que personas

Rumbo hacia las llanuras centrales, tierra de pagodas y espiritualidad. Myanmar tiene una población claramente budista y dispone de más monjes por cápita que cualquier otro país.

Los templos, auténticas barbaridades bañadas en oro en un país que no sobra nada, certifican el culto fervoroso.

Uno de muy alejado de ese budismo religioso arropado a la austeridad que conocí en el Himalaya, a diferencia de los neones estridentes y las oraciones de lamas retransmitidas por megáfonos de aquí.

Una parada obligatoria

A pesar de un visado de veintiocho días que se esfumaba con excesiva celeridad, la parada a Bagan era obligatoria.

A lomos de un scooter eléctrico exploré durante tres jornadas las pagodas y estupas asentadas a lo largo y ancho del quilométrico entramado que conforma la antigua capital del imperio birmano.

Puestas de sol oníricas, amaneceres punteados por globos aerostáticos y hostales con piscina y colchonetas inflables en forma de unicornio gigante.

Gerard, la aventura se quedó en el Himalaya y no aquí. Póntelo en la cabeza de una vez por todas.

Un país bonachón

Y es que Myanmar no ha sido bendecida con una belleza natural excepcional, como mínimo en las provincias abiertas a los extranjeros.

Un país con demasiadas regiones montañosas y habitadas por las tribus étnicas del norte y el este del país, abocadas a conflictos armados de larga duración.

Aun así, si por algo destaca Myanmar es por la sonrisa sincera de su gente, un trato familiar y una afabilidad que atrapan desde el primer momento.

Si Myanmar fuera una persona, sin lugar a dudas sería el típico bonachón, ese con quien todo el mundo querría compartir buenos momentos.

San Valentín polvoriento

Hpa-An es un trozo del norte de Vietnam en Myanmar, con paisajes cársticos de cine, cuevas sagradas, templos místicos, mercados nocturnos de fábula y arrozales de un verde eléctrico.

Una grata sorpresa que me hizo recobrar los sentidos nuevamente tras la monotonía de las llanuras centrales.

Las dos últimas jornadas hasta Mae Sot, frontera con Tailandia, vendrían marcados por una polvareda de campeonato. Una capa de barro que me cubriría todos y cada uno de los orificios de mi cuerpo, en un intento fallido de despedida romántica por San Valentín.

Si deseas saber más sobre los viajes cicloturistas de Gerard Castellà, puedes consultar su blog o también los canales de Instagram @gerard.castella y el hashtag #acopdepedal.