La mujer y la bicicleta

La mujer y la bicicleta

La mujer y la bicicleta 1200 800 David Casalprim

Hace más de diez años tuve la oportunidad de encontrar un insólito libro publicado en la España franquista. Se trata de La mujer y la bicicleta, un libro de costumbres, escrito e ilustrado en los años cuarenta del Siglo Veinte. Una verdadera obra de arte que nos ilustra un pedazo de la historia de la bicicleta en nuestro pais.

No es un libro de emociones ni vivido, no es un alegato a favor de nada, no es una obra maestra como Mi querida bicicleta que relata las andanzas de Miguel Delibes (1929-2010) disfrutando con su bicicleta para fiestas, amoríos o trabajo.

El verano es un buen momento para adentrarse en lecturas. Así que aprovecho la tranquilidad de la canícula para releer un libro de coleccionista y daros una reseña refrescante sobre el mismo.

Una rareza en la España de los años cuarenta

Curiosamente el autor del texto ya advierte que no se reconoce un entusiasta de la bicicleta, todo lo contrario de Delibes. Sin embargo, los colaboradores, los ilustradores del mismo crearon una verdadera obra de arte en color, algo insólito en la época de un país depauperado por una guerra fratricida.

El escritor reconoce “no tengo de la bicicleta más que una experiencia, una sola, pero me basta para considerarme fracasado. Subí a una bicicleta por la izquierda y, aun no había transcurrió un segundo, descendía por la derecha”.

A pesar de ello reconoce que su trabajo es de documentación y de experiencia “después de ser atropellado por una muchacha ultramoderna, no podía dudar de la modernidad de la bicicleta”.

La recopilación de los datos enciclopédicos de la época son algunos de sus primeros datos: “es preciso, ante todo, que el que monta no tengo miedo a las caídas y además es conveniente que los brazos no estén rígidos”.

Luego se da un paseo ligero por la historia del velocípedo y constata que “No hace falta ir siguiendo, año a año, la historia de la bicicleta. En el fondo, todo se reduce a una lucha terrible entre dos ruedas. La rueda delantera consideraba su posición un privilegio y quería ser mayor que la trasera, cargando además con responsabilidad de la dirección y usufructuando toda la fuerza. La lucha fue enconada…la bicicleta moderna es el fruto de la concordia conseguida”.

La bicicleta rota. Una clclista haciendo ya pinitos de vampiresa en 1925 y dos edades, ilustraciones del libro La mujer y la bicicleta.

Un libro sobre el empoderamiento de la mujer gracias a la bicicleta

A juzgar por las ilustraciones, más que por el texto, el libro refleja una historia que en la España franquista y empobrecida parece de ensoñación.

Así el texto reza: «La bicicleta para la mujer es más vistosa y coquetona que la del hombre… la bicicleta es sustancialmente un vehículo y parece que lo importante en ella es que corra, pero la mujer aprecia también lo ornamental…la bicicleta, de hombre o de mujer, tiene destacados elementos femeninos, pero, como es natural, esta última los define con más vigor…

Está claro que el autor tiene la idea de que la bicicleta es poco práctica y se aviene a ridiculizarla, pero con dulzura e ingenio agudo: “entre el caballo y la bicicleta hay una sensible diferencia. Parado, el jinete siente su posición firme y segura sobre la dócil cabalgadura. El ciclista, no

Sin embargo reconoce y apunta que quizás su visión sobre la bicicleta debería ser más abierta. Comenta que «mientras en España nos reímos a mandíbula batiente frente a un profesor de la Universidad de Madrid que se trasladaba a su cátedra en bicicleta, en Francia, un General puede presentarse en bicicleta ante el Ministerio de la Guerra y sin el menor esbozo de sonrisa por parte de los soldados de guardia”.

Un alto en el camino. Una ciclista con su cómoda inmdumentaria y el fragante encanto de la ciclista moderna, ilustraciones del libro La mujer y la bicicleta.

Hacia el final como en una buena novela llega la pregunta clave: “¿por qué atraerá tanto a la mujer el ciclismo?

Una razón ya queda apuntada: «hay una similitud en las formas redondeadas y en la frágil naturaleza. La silueta de la mujer encuentra en las líneas de la bicicleta un gracioso complemento”.

El libro se cierra con una glamurosa moraleja tituada: «Decálogo para la muchacha ciclista” .

Un decálogo a modo de moraleja vital que para ser de 1944 es ingenioso.

Los autores de La mujer y la bicicleta (1944):

Luis Marsillach Burbano (1906-1964), reputado periodista barcelonés que fue director de la “Hoja del Lunes” es el padre del actor y director de teatro Adolfo Marsillach. En el caso que nos ocupa no cabe duda, que en realidad no lo firma sino que pone el texto de un encargo de Ediciones Mercedes. La edición contó con algunas ilustraciones de artesanos de la época.

Jesús Blasco Monterde (1919-1995) Autor capital de la historieta española, dotado para la historieta dirigida a los niños y para la de acción o de terror. La guerra civil condujo a Blasco al frente republicano y terminó pasando parte de la contienda en un campo de concentración en Francia. Siguió dibujando durante aquellos duros años. Acabada la guerra civil, Blasco participó en el tebeo Chicos, el más relevante de los años cuarenta.

Portada del libro publicado en 1944 por la Editorial Mercedes de Barcelona.

Athos Cozzi (1909-¿) artista italiano que se trasladó a España en 1938, donde continuó su carrera artística iniciado con el pintor Tárrega. Durante diez años, trabajó para varias revistas españolas, como Pellayos, Chicos y Paturozito, dibujante de cómics. Terminada la Guerra Civil, en 1939, se desplaza a Barcelona, donde trabaja para el obispado barcelonés, en ilustraciones de tema religioso

Roc Riera Rojas (1913-1992), forma parte de la generación de artistas catalanes que trabajaron para editoriales que no podían publicar en catalán. Su obra se centra en libros infantiles, de aventuras de todo tipo, Un hombre que vivió en los tiempos oscuros y grises como trabajador incansable y una obra llena de luz.

Luis Pablo Sanz Lafita “Rodio” (1902-1996) se había licenciado en químicas por la Universidad de Zaragoza en 1923. Poco tiempo después se trasladó a Madrid con la intención de realizar el doctorado, pero lo abandonó seducido por la posibilidad de trabajar como ilustrador de prensa. En 1936 empezó a trabajar como dibujante gráfico del diario La Vanguardia, medio en el que permaneció hasta su jubilación.

Artículo aportado por nuestro colaborador Jordi Miralles