El Cáucaso de Georgia en BTT

El Cáucaso de Georgia en BTT

El Cáucaso de Georgia en BTT 1026 578 David Casalprim

La travesía de la cordillera del Cáucaso, en Georgia, en BTT es un cóctel de alto voltaje. No hay duda  que ofrece muchos de los ingredientes más codiciados por los amantes del cicloturismo.

Las montañas son indomables, los senderos de fantasía, las fortalezas medievales imponentes, la hospitalidad es genuina y se toman demasiados chupitos de chacha.

Gerard Castellà, amigo y colaborador de la casa, se perdió durante el mes de agosto de 2021 por esa pequeña joya del Cáucaso y a continuación nos ofrece un «sorbo» de lo vivido.

Chupito tras chupito

Gourami tiene 84 años, es campesino, y viste una camisa de cenefas de color melocotón y unos shorts azulados.

Sus manos ásperas transportan un par de botellas de dudoso contenido, que coloca en el viejo tablero con toda la parsimonia del mundo.

Chacha”, murmura con una sonrisa inaudita. Así se ingiere un chupito de ese brandy de orujo artesanal hecho de uva –la bebida por excelencia de Georgia.

Pero no pasan tres segundos que ya me está ofreciendo un vaso de vino negro, también de producción propia, intuyo por sus gestos.

Intento respirar hondo y recuperarme del batacazo, pero otra ronda está servida. Y así, ¡hasta cinco veces!. Descompuesto, me voy a la cama, mientras Gourami se ríe a carcajadas.

La cara más salvaje del Cáucaso

En Tusheti me encuentro cara a cara con el Cáucaso más salvaje. Vengo avisado de los terroríficos perros que merodean por la zona.

Por si acaso, tres piedras ancladas en el manillar harán de munición. De momento sólo distingo vacas y caballos, y aquí ya sé que no habrá perros, puesto que suelen vigilar las ovejas.

Al ver un desconocido, estos perros pastores salen disparados a proteger sus secuaces con toda la mala leche del mundo concentrada en unos colmillos capaces de destruir el hierro.

Un cicloturista acostumbra a estar hambriento, pero ¿tanto como para zamparse una oveja con la lana incluida?

Esto promete

Calma antes de la tempestad. En la bucólica Shatili, una antigua fortaleza con altas torres de defensa construida entre los siglos VII y XIII, aprovecho para cargar baterías y llenar la despensa para los próximas tres jornadas.

Resulta que la tienda señalada en el mapa no existe, por lo que toca llamar a las puertas de las pocas casas de la aldea para aprovisionarme de pan, galletas y arroz.

Desde ahí, el hike-a-bike más exigente de la ruta, el temido paso de Atsunta, acceso principal a Tusheti. La guarida más remota y aislada de Georgia. Esto promete.

En tierra peligrosa

En los primeros compases sobre una estela de grava en buen estado no consigo sosegar unos nervios alterados, previos a una cita a ciegas.

Quizás, husmear por la cripta de Anatori, una tumba comunal de la Edad Media repleta de huesos y cráneos humanos, tiene algo que ver.

Circulo paralelo al río Andakistskali en silencio absoluto a lo largo de caseríos destruidos y abandonados, hasta el primer checkpoint, en Mutso.

Se trata de una zona delicada, una estrecha lengua de montañas incrustada entre la República de Chechenia y la República de Daguestán, por lo que es necesario tramitar un permiso especial.

Los dos militares del control, de facciones duras y armados con sendos AK47 polvorientos, observan curioseados mi bicicleta: quince minutos y listo.

A partir de ahí, la pista desaparece y deja paso a una senda de hierba pegadiza que serpentea de un lado al otro del río por unos puentes inestables y rudimentarios.

Arrastrando la bici

Hoy es el gran día. A medida que supero las primeras rampas, el entorno se engrandece y el paisaje pierde su plumaje.

La traza que seguía ayer con dificultades, ahora se distingue más fácilmente, una línea negra y angosta que atraviesa un mar de estepa amarillenta.

Soy capaz de pedalear en algunas secciones cortas, aunque paso la mayoría del tiempo arrastrando mi bici.

El sube y baja es constante, una demanda física permanente, pero la panorámica de la cual formo parte justifica el esfuerzo.

Los caballos de jinetes locales que me avanzan con pasmosa facilidad permiten identificar en la lejanía la cima del Atsunta. Madre mía…

Con sabor a miel de abeja reina

Empieza la penitencia. Los últimos kilómetros son los más comprometidos, un recordatorio del Thorong La himalayo.

Los gradientes se disparan y el firme, de grava suelta y resbaladiza, complica la marcha. La táctica, la de siempre: apretar los frenos, golpe de riñones y ganar unos metros.

Descanso y repetimos. Es un esfuerzo mental considerable, y para cubrir 3 km tardo dos horas, una de ésas solamente para cerrar 500 metros con +600m.

¡A la próxima me llevo crampones y piolet! Ya en la cima, a los 3.502 m, el premio sabe a miel de abeja reina, con una instantánea de 360 grados para grabar en la retina.

Si el ascenso fue una trifulca, el descenso es para tirar cohetes. Una de esas bajadas psicotrópicas que no se olvidan en años.

Es una bajada por uno de los parajes más salvajes que recuerdo. Valles inmortales teñidos de verde eléctrico, cruces de ríos encabritados y piedras afiladas como un chuchillo argentino.

Sentirse una hormiga en medio de un océano de conos encrespados, con nada a envidiar al Himalaya, los Andes o a los Pamires.

Si deseas saber más sobre los viajes cicloturistas de Gerard Castellà, puedes consultar su blog (www.acopdepedal.wordpress.com) o también los canales de Instagram @gerard.castella y el hashtag #acopdepedal.